Gracias por mi sonrisa y por dejar que un ratón me pise.

Este post se lo dedico a mi mamacita a quien le hicieron una reconstrucción en la boca con injerto de hueso maxifacial y pues ahorita parece que Mayweather, Chris Brown y el Demonio de Tasmania, la hubieran estado esperando a la salida de la escuela y se la hubieran surtido. Pero no se preocupen, está tomando muchos analgésicos y si le preguntan que cómo se siente, ella contesta “Pablo Picasso no vino a mi fiesta”. Así que yo creo que es una buena señal.

Que te sientas mejor.


Estaba el otro día contemplando los dientecitos de Max y me puse a pensar que en unos cuantos años se le van a empezar a caer y yo me iba a deprimir, porque Dios mío qué rápido crecen y cuando menos me de cuenta ya se va haber casado y olvidado de su mamá y sólo me llamará el 10 de mayo y en Navidad. Y luego, le dije a mi cerebro “No manches estás súper equivocado. También me va llamar para año nuevo.”

Pero regresando al tema. Hace poco a la hija de una amigo se le calló su dientecillo y me dijo que el ratón le había traído 200 pesos. ¡Wow! 200 pesos. En mis tiempos creo que el ratón apenas nos traía 10 viejos pesos que nos alcanzaba para unos Chiclets Canels. Por cierto, me puse a buscar en Googleé el nombre del ratón de los dientes y se llama Ratón Pérez, -de la dinastía de los Pérez de Sinaloa; aunque a mi el nombre Ratón Pérez me suena a jugador de la selección.


En fin, toda esta historia del Sr. Pérez me hizo pensar: ¿qué pasaría si se le hubiera caído el diente en Estados Unidos? ¿Hubiera el roedor tomado un vuelo para dejarle 200 pesos? ¿Hubiera viajado por Aeroméxico o por Delta? ¿O Hubiera contratado un coyote para que lo ayudara a pasar la frontera porque no tiene Visa porque alguna vez fue acusado de lavado de dinero y desvío de fondo? ¿Hubiera tenido que dejarle dólares en lugar de pesos? ¿Qué taza de cambio le hubieran dado en el banco? O de plano le hubiera tenido que echar un Whats a su contraparte norteamericana, the Tooth Fairy, para que le hiciera el paro.

Por que la verdad es que sin problema yo escogería a la Tooth Fairy por encima del Ratón Pérez. Y no es por malinchista. Para nada. Y no es porque preferiría dólares a pesos, aunque no estaría mal. La única razón, es que pensar que a media noche, mientras que estoy durmiendo una rata, se va a subir a mi cama, y va a estar merodeando por mi almohada, es más hasta probablemente caminando sobre mi cara con sus patitas frías y sus mini garritas largas, y su olor a drenaje la neta no sólo me da muchísimas ñañaras, se me hace completamente insalubre. ¿ A quién en México se le ocurrió asignar a una rata para semejante diligencia?

Pero en fin, a mi se me cayeron todos mis dientecillos de leche. Seguramente vino a pisarme la cara en la noche la rata de los dientes y pago recompensa por mi mini colmillo. Luego hizo algún arreglo con mis padres para intercambiarles mi dientes por queso o cocaína ( el Sr. Pérez tiene serios problemas) porque el otro día me encontré en un cajón de mis papás todos mis dientecitos de la infancia.

Creo que nunca pensé que iba a llegar el momento en el que le agradeciera a mis jefes por haber cuidado mis dientes. Por que los dientes son importante – pregúntenle a cualquier persona que le guste el elote o que necesite deshacer un nudo de una bolsa de plástico. Agradezco el que hayan hecho complot con el ratón de los dientes. Agradezco también que me hayan obligado a ir con el dentista y haber pasado años por todas las torturas medievales que fueron las limpiezas, los retenedores, los frenos de caballo (sí yo fui de esas ñoñas) y los paladares. En serio, sí en Guantánamo tuvieran dentistas, obtendrían sus confesiones mucho más rápido… y con sonrisas más sanas.

Y cómo odiaba los méndigos paladares. Hasta la fecha me despierto sudando por que sueño que perdí mi paladar y que mis papás me iban a castigar. Es más, true story, una vez en un vuelo a Suiza cuando tenía 11 años, sin querer, dejé mi paladar envuelto en una servilleta en la charola de la comida y lo entregué a la azafata sin darme cuenta. Un hora después me cayó el veinte, entré en pánico y me puse a llorar como loquita. Las azafatas del vuelo, ángeles del Mile High Club, se dispusieron a vaciar toda la basura hasta encontrarlo. ¡Pueden creerlo! Vaciaron y revisaron los basureros de un vuelo trasatlántico para evitar que una prepubescente fuera castigada por sus padres. Ya quisiera ver si hoy en día le pido de favor a la malencarada de Vivaaerobus que me ayude a buscar mi paladar. Primero me diría que tengo que pagar un cargo adicional por que mi paladar es una pieza extra de equipaje en cabina. Luego me diría que me sentara y me abrochara el cinturón y que no mamara. ¡Cómo han cambiado los tiempos!

En fin, gracias a la insistencia y la cartera de mis papás …y del ratón Pérez, hasta la fecha no he tenido problemas con mis dientes. Es más la gente me los chulea. Dicen que tengo bonita sonrisa y eso me hace pensar que ahora yo tengo la responsabilidad con Maxito de que cuando crezca vaya al dentista y le dejen una linda sonrisa para que enamore a las chicas y luego se pueda casar. Y luego pienso que tal vez no, porque si no sólo me va a llamar el 10 de mayo y en Navidad.


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