Despidiéndome de mi hijo único.

La llegada de nuestro nuevo miembro de la familia, ha sido esperada por más de 9 meses. Bueno la verdad 7, porque los primeros 2 meses estaba demasiado despistada para entender que estaba embarazada- la verdad pensé que era de esas crudas eternas de Bacardí de las que no te repones y que juras por semanas enteras que nunca más vas a volver a tomar.

Cuando nos enteramos que estábamos embarazados estábamos muy felices, porque siempre habíamos querido un hermanito para Max. Efectivamente pongo “embarazados” -plural, porque aunque yo soy la que carga con los achaques físicos, el pobre de Chava tuvo que sobrevivir con todos mis estragos, incluyendo el capítulo de “Si no me consigues una Carl´s Junior ahorita (Domingo 1 de la mañana) , tu hijo nonato sabrá que no amas a su madre”, “Necesito toda la cama para dormir y estar cómoda, pero quiero que te quedes a dormir en el cuarto, ¿cómo le hacemos?”, y sin duda el popular y recurrente capítulo de “Perdón mi amor, fue el bebé que le dio una patada a mi intestino, no vayas a levantar la sábana”.

Contrario a muchas parejas, no nos embarazamos inmediatamente después de haber tenido a Max. Esperamos más de 2 años. Primero, porque Max fue un bebé muy demandante, que casi manda al manicomio a su madre entre dar exclusivamente chichi por un año y la falta de sueño. Y segundo porque con toda honestidad, cuando Max cumplió el año fue cuando realmente lo empecé a disfrutar y a interactuar con él. Empezó a desarrollar su personalidad, y yo a la vez, como dejé de ser un chupón humano, también volví a recuperar la mía y a aceptar que mi vida de Hipster Fiestera de la Roma había quedado atrás. Pude finalmente crear un balance entre ser mamá, trabajar, y tener un vida social, pero fue un balance que tuve que negociar con mi Maxito. A sus tres años, Max ya va feliz todos los días a la escuela, dándome tiempo de trabajar, y cuando regresa sabe que hay de dos – a veces hacemos actividades para niños y a veces él vendrá y me acompañará a las de grandes.

Esta relación que tenemos desde que tiene un año, es lo que hace que disfrute a mi hijo como individuo y que deje de extrañar mi antigua vida, porque tengo un nuevo mejor amigo, que cada vez que ve una flor en el pasto la corta para su mamá, que siempre me dice “salud” cuando estamos tomando algo, que canta conmigo canciones de Justin Bieber, Major Lazer, Rihanna y Joey Montana (efectivamente tenemos el gusto musical de una quinceañera) y que de la nada cuando estamos viendo Paw Patrol o un especial de Stand Up en Netflix (porque como les dije a veces le toca a él y a veces le toca a mi), voltea, me abraza y me dice “te extraño mucho mami”- para él “te extraño mucho” significa “te quiero mucho”.

Esta complicidad que tenemos ayudó a que fuera un poco más llevadero el embarazo sobre todo aquellos meses en que Chava se tuvo que ir por cuestiones de chamba. Créanme estar sola embarazada con un toddler, pudo haber sido un verdadero dolor de ovarios y sobre todo durante las circunstancias finales de mi embarazo, pero Max entendió perfecto, y jaló parejo: me acompañó a donde me tuvo que acompañar, se desveló conmigo, comió donde yo comía y no se quejaba porque no era su comida favorita, aguantó las largas horas en el tráfico. Max en esos días fue mi héroe. Y no sólo por cómo cuidaba a su mamá pero también por como se emocionaba por la llegada de su hermanito. Le cantaba a la panza, le traía dulces y sus juguetes a la panza, y había noches en las que se dormía sobre la panza.

Pobrecito, creo que no entendía que este pequeño ente por el que se emocionaba, muy probablemente le iba a robar la atención de ser el hijo único, de que el tiempo familiar se le dedique 100% a él. De que lo cargue cuando quiera, de que lo pele cuando quiera, de que vayamos a donde quiera, sólo nosotros porque se nos antojó, de subirnos al coche e ir, sin carreola, pañaleras, y bebé que necesita comer cada 3 horas.

Y de cierta manera, creo que fue lo mismo que le pasó a Chava con la llegada de Max. Alguien le robó la atención de su mujer, su cama y hasta su chichi. Las noches de vámonos a cenar porque sí, vamos de fiesta porque sí, vamos a dar una escapada romáticaa por que se nos antojó, sin carreola, pañalera y bebé que necesita comer cada 3 horas. Pero unas cosas por otras y al final del día tener una familia, aunque llega a ser desgastante, también acaba siendo la fuente más genuina de amor que tendremos.

Los últimos días antes que naciera Renatito, me entró una súper nostalgia. Max ya no iba a ser mi único hijo, nuestra complicidad probablemente tendría alteraciones, por los primeros meses tendrá que pasar un poco más de tiempo con su papá y seguramente le dará papitis, y yo me pondré súper celosa también. Pero eventualmente nuestras dinámicas cambiarán y espero que sepa, que yo lo voy a extrañar, más de lo que él me llegará a resentir – si es que me llega a resentir…. ¿o estoy siendo una exagerada hormonal?

Así que Maxito, yo se que a tus tres añitos, todavía no sabes leer, pero quiero darte las gracias por haber sido el mejor hijo único que una mamá pudo haber pedido y espero que no me resientas mucho. Te prometo que en unos meses esa cosa que salió de la panza de tu mamá, va a empezar a agarrar forma y también va a querer jugar contigo y eventualmente se convertirá en aún mejor cómplice que tu mamá.

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P.D. Si esta entrada la hubiera escrito en papel la mitad de la tinta estaría corrida con mis lágrima de mujer con alto contenido de estrógeno y no hubieran podido leer la mitad. Lo bueno para ustedes es que las lágrimas cayeron sobre mi teclado y pueden leer la entrada…aunque ahora la tecla de la letra EGNE (ustedes saben que letra) no está funcionando tan bien. Ni modo… ni que se necesitara tanto esa letra.

 

 

 

 


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