La impresora del súper mal y las cosas que te hacen feliz.

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El viernes pasado la maestra de la escuela de Max nos pidió que mandáramos el lunes una foto impresa tamaño carta de su carita para una actividad. Como buena madre que soy, obviamente olvidé mandarla. Pero creo que no soy la única madre desnaturalizada del salón que olvidó, porque el lunes en la tarde, nos la volvieron a pedir.

En cierta forma creo que el fin de semana, realmente no había olvidado imprimir la foto. Creo que inconscientemente me dio hueva meterme a una batalla mano a mano con la $%&” impresora. Hay cosas que odio, como ir al banco en quincena, hablar con Cablevisión por que el internet no está funcionando, o limpiar pus de hemorroides de perros; pero nada detesto más que imprimir ya que por alguna razón siento que la impresora de mi casa huele mi miedo cuando me acerco a ella, lo detecta perfectamente y en vez de ponerse en modo “ IMPRIMIR” o “SCANEAR”, se pone en modo “JODER A WEFA”.

Así que en mi misión por no ganar al premio a la “Peor mamá del Salón Café” (al cual ya estoy nominada por haber olvidado mandar disfrazado a Max el día del la Primavera – no crean que porque estaba cruda), me armé de valor y saqué la impresora del closet. Inhalé, exhalé, me tomé un Valium, y después de prender la impresora, meterle papel, intentar imprimir, reinstalarle el Software, hablarle bonito a la impresora, volverle a cambiar el papel porque según la impresora mi papel es demasiado naco para ella, llevar a cenar a mi impresora a un lugar cinco estrella, cambiarle los cartuchos de tinta, conseguirle novio a mi impresora porque igual y no quería funcionar por “malcogida”, actualizar mi compu a un nuevo sistema operativo, sacrificar en honor a mi impresora 7 gallinas vírgenes y 9 cabras del Himalaya, finalmente pude imprimir la mentada foto de mi hijo.

Ok, ya imprimí la foto. Ya vamos en avance. Ahora simplemente me tengo que acordar llevarla a la escuela. Parece fácil, pero no lo es. Lo ideal sería meterla en la mochila de Max y ya. Desgraciadamente la mochila de mi hijo de 3 años mide exactamente lo mismo que mi cartera y si contamos las cosas con las que ya carga en él considera vitales y necesarias para ir a la escuela, como su cuadernito, su muñequito de Buzz Lightyear sin brazo que sacó en una cajita feliz, un envase de Yakult vacío, una bola de estambre y un teléfono inalámbrico descompuesto (ya se suena más a la bolsa de Mary Poppins que a la mochila de un niño), la foto impresa de Max probablemente va a llegar completamente arrugada y hecha caca. Y esto no puede pasar porque recuerden que ya estoy nominada al premio de “Peor Mamá del Salón Café”, por mandar a mi hijo todos los días con gorrito de invierno aunque haga 30 grados, porque me da flojera peinarlo en la mañana.

Así que para que no se me olvidara la méndiga foto, agarré un pedacito de diurex y la pegué en mi puerta. Y pues ahí estaba la foto pegada en la puerta, diciéndome cada vez que abría mi puerta “ No me olvides, no me olvides” y les digo algo: fue una de las mejores cosas que me había pasado porque durante ese día, cada vez que salía a hacer cualquier cosa, veía esa foto de Max y me ponía de extremado buen humor. Siempre acordarte de las cosas chingonas en tu vida, aunque están frente a ti, te ponen de súper buen humor. Su sonrisa, sus ocurrencias, cada vez que salía de casa aunque fuera a mover el coche porque la vecina no sabe estacionarse, o a la tiendita a comprar una Coca y unos Pinguinos botella de agua y pepino, me sacaba una enorme sonrisa.

Entonces el martes en la mañana, la foto pegada en la puerta de Max me sonríe y sé que tengo que quitarla para llevarla a la escuela y no ganar el premio “Peor Mamá del Salón Café”, al cual ya estoy nominada por haber llevado brownies comprados en Costco al picnic de San Valentín, en lugar de haber horneado mis propios brownies gluten free, sugar free, lactose free, fun free.

Pero me pone de muy buen humor esa foto en la puerta.

¿Qué hacer? Opción A: Llevar la foto a la escuela y ser mejor mamá que un hámster? – por si no sabían los hámsters se comen a sus hijos. O, opción B: quedarme con la foto que tanto me gusta en la puerta y que me valga madres lo que piensa la escuela de mi (cantarlo con tono de canción de Maná). O, opción C: Llevar la foto a la escuela y volver a someterme al dolor de ovarios que es imprimir otra.

¡Mierda! Tuve que irme por la opción C y no es porque la opción A o B fueran malas.

Así que después de prender la impresora, cambiarle de nuevo el papel, volver a reinstalar el software, quitarle el pedazo de papel que se había atorado, agendarle un concierto privado de Ed Sheran, hacerle otra actualización, depositarle un fuerte monto en su cuenta bancaria a nombre de Impresora HP Deskjet 4354 (HP es corto para hija de puta), mi impresora finalmente volvió a imprimir esa foto que iba a ir en mi puerta. Y la razón por la que volví a imprimir la foto, fue porque está vez, iba a ser no de una de las cosas que me pone de muy buen humor, pero de dos de las cosas: Max y Renatito.

Así que tal vez, les parezca una tontería, pero si tienen un impresora user friendly (que han de ser casi imposibles de topar, como un unicornio o un Yeti), hagan lo que yo: impriman la foto o imagen de algo o alguien que les pone de súper buen humor, y péguenla en la puerta de su casa. Y lo crean o no, saldrán a su casa con una pequeña sonrisa, que cambiará ese pequeño instante de su día.

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